Almonacid desafía a la lluvia para volver a convertir sus calles en una obra de arte efímera
Almonacid de Zorita (Guadalajara). 14 de junio de 2026. Antes de las seis de la mañana, las calles de Almonacid de Zorita comenzaban a llenarse de vecinos. Como sucede cada año, llegaba el momento de transformar el pueblo en un inmenso tapiz de color. Sin embargo, esta vez la tarea se complicó desde el principio. Dos chaparrones de primavera descargaron antes de las ocho y media de la mañana, borrando trazados de tiza y obligando a rehacer parte del trabajo cuando muchas alfombras ya habían comenzado a tomar forma.
Lejos de desanimar a los participantes, la lluvia acabó reforzando el espíritu colectivo que define la celebración. Las manos volvieron a dibujar, las plantillas regresaron al suelo y el serrín teñido recuperó poco a poco los colores previstos. Cuando las campanas de la Ermita de la Virgen de la Luz anunciaron la misa de las doce, el recorrido estaba preparado, como cada año, desde hace 48.
Además del color, el Corpus volvió a desplegar este año uno de sus rasgos más característicos. El olor. La humedad de la mañana intensificó los aromas del serrín recién teñido, del romero, de la mejorana, de las flores y de las plantas aromáticas que muchos vecinos siguen utilizando para decorar los altares y las alfombras. Durante unas horas, Almonacid volvió a ser un espectáculo para la vista, pero también para el olfato de vecinos y visitantes.
Tras la misa, presidida por el párroco de la localidad, Antonio Delgado, la procesión recorrió las calles alfombradas deteniéndose en los diez altares distribuidos a lo largo del itinerario. Como cada año, el Santísimo avanzó por primera vez sobre una obra colectiva destinada precisamente a desaparecer bajo sus pasos.
Declarada Fiesta de Interés Turístico Provincial desde 2012, la celebración volvió a reunir a varias generaciones en torno a una tradición que sigue siendo una de las principales señas de identidad del municipio. El del Corpus es, probablemente junto al 8 de septiembre, día de la Virgen de la Luz, patrona del pueblo, el momento más emotivo del calendario almonacileño.
El día en que más brilla Almonacid
El alcalde de Almonacid de Zorita, José Miguel López, resumía el significado de la jornada con una frase que escuchan con frecuencia quienes participan en ella. “Es el día en que más brilla Almonacid”. Para el regidor, pocas imágenes representan mejor la esencia del municipio que la de vecinos de todas las edades trabajando juntos para sacar adelante una tradición común. “Es una verdadera congregación de gente. Se juntan quienes vivimos aquí todo el año y quienes vuelven los fines de semana o regresan expresamente para participar. Es una satisfacción enorme ver cómo todo funciona cuando queremos que funcione”, señalaba esta mañana el regidor.
La celebración volvió a demostrar precisamente esa capacidad de movilización colectiva. El Ayuntamiento colaboró en los preparativos facilitando materiales y logística para la elaboración de las alfombras. Entre los momentos más agradecidos de la mañana estuvo el reparto de chocolate con churros para los participantes, una iniciativa impulsada por la teniente de alcalde, Lydia López, que ayudó a reponer fuerzas después de horas de trabajo. Ángel López fue el encargado de repartir el desayuno por los distintos barrios.
Las declaraciones de los vecinos describían una misma realidad desde perspectivas diferentes. Antonio Toledano, Toñín, explicaba que “cuando hay armonía, el trabajo deja de ser trabajo y se convierte en entretenimiento”. Mientras ultimaba la alfombra de su barrio, destacaba además que cada vez son más las personas que se suman a la celebración en su barrio, el de la Parroquia de Santo Domingo de Silos.
En la calle Cervantes, Mayte Rodríguez recordaba que lleva más de veinticinco años participando y que se siente una vecina más de una tradición que considera parte de su vida. Este año, además, fue autora del diseño elegido para el altar de su tramo.
Entre quienes trabajaban desde primera hora se encontraba Eusebio López, hijo de Román López, el vecino que durante décadas anotó en sus cuadernos la vida cotidiana de Almonacid. Gracias a aquellas páginas hoy sabemos que fue en 1978 cuando una alfombra cubrió por primera vez todo el recorrido de la procesión. Casi cincuenta años después, Eusebio sigue participando en la misma tradición que su padre dejó escrita. “Seguimos la tradición de los abuelos y de los vecinos antiguos”, decía mientras ultimaba un tramo decorado con sal y plantas aromáticas. En cierto modo, su presencia resume buena parte del espíritu del Corpus almonacileño, conservar la memoria mientras se sigue construyendo futuro.
Gabriel Ruiz aportaba una de las reflexiones más evocadoras de la mañana. En su barrio, muchas de las tareas que antes realizaban padres y abuelos han pasado a manos de una nueva generación de vecinos decidida a mantener viva la celebración. Mientras ultimaba los detalles de su tramo de alfombra, evocaba también una imagen ligada a su infancia, el olor a romero, incienso y plantas aromáticas que acompañaba el paso de la procesión. “Hay cosas que no se pueden transmitir hasta que las ves”, decía. Para él, la emoción llega precisamente cuando todo termina. Cuando la procesión atraviesa las alfombras y la obra desaparece. “Es una enorme satisfacción”, terminaba.
Manuel Toledano, encargado de uno de los altares principales del recorrido, recordaba que la tradición de las alfombras nació precisamente para unir los distintos altares que históricamente jalonaban el paso de la procesión. A su juicio, una de las claves de la pervivencia del Corpus almonacileño es que nunca ha pertenecido a nadie en particular. “Esto no es de uno, ni de dos, ni de un barrio ni de una familia. Es de todo el pueblo”, afirmaba. Mientras mostraba algunas de las plantillas reutilizadas y perfeccionadas a lo largo de los años, explicaba también cómo los vecinos transmiten técnicas, diseños y conocimientos a quienes se incorporan por primera vez. “Hay que enseñarlo a las nuevas generaciones y mantenerlo vivo”. Para Manuel, el recorrido actual es el resultado de décadas de evolución colectiva. “El pueblo se fue agrandando uniendo los altares con las alfombras”, explicaba, recordando cómo una costumbre inmemorial que nació alrededor de pequeños espacios decorados acabó convirtiéndose en uno de los grandes símbolos de identidad de Almonacid.
En la calle Virgen de la Luz, José Luis Roldán contemplaba cómo vecinos de todas las edades daban forma a una de las alfombras más singulares del recorrido, la única por la que la procesión discurre en doble sentido. Este año destacaba la extraordinaria participación registrada en su tramo y la ilusión con la que cada generación aporta nuevas ideas y diseños. Después de horas de trabajo, reconoce que el momento más especial llega precisamente cuando la alfombra comienza a desaparecer. “Esto está para que la procesión pase por ello y la destroce”. En esa aparente contradicción reside buena parte de la esencia del Corpus de Almonacid: crear algo hermoso sabiendo que sólo durará unas horas.
En la Plazuela de la Panadería, Charo Toledano volvía a encargarse de uno de los altares más representativos del recorrido, levantado precisamente en el lugar donde nació la tradición de las alfombras continuas hace cerca de medio siglo. Cada año coloca en él una imagen del Corazón de Jesús que heredó de una tía muy querida y que quiso confiarle antes de fallecer. “Sabía que la iba a cuidar”, recordaba. A su alrededor trabajan vecinos de distintas generaciones y personas que regresan expresamente a Almonacid para participar. Cuando la procesión se detiene ante el altar y los niños de Primera Comunión avanzan por la alfombra, llega para ella el instante más especial de toda la jornada. “Después de un trabajo tan laborioso, es cuando realmente se disfruta”.
La emoción aparecía con especial claridad en las palabras de Teresa Ortega Tomico. “Esto es maravilloso. Esto es para contarlo”, decía. Aunque no nació en Almonacid, sino en Sacedón, aseguraba sentirse profundamente orgullosa de participar cada año en una tradición que considera también suya.
Por su parte, Cristina Domínguez, en la calle Gobernador, ponía el acento en la transmisión generacional. Niños, jóvenes, adultos y mayores comparten tareas y responsabilidades para que la celebración continúe viva. Una idea que también compartía Rosa Ruiz desde la calle del Trinquete. Allí recordaba que participa desde que era una niña y expresaba el deseo de que las nuevas generaciones continúen tomando el relevo para garantizar el futuro de una tradición que considera irrenunciable.
Casi medio siglo caminando sobre una alfombra compartida
La celebración del Corpus forma parte de la historia de Almonacid desde hace siglos. La Hermandad del Santísimo Sacramento, la más antigua de la localidad, continúa siendo la encargada de organizarla. Este año, el Hermano Mayor ha sido José David Magro Huerta, y por lo tanto, también quien ha tenido el privilegio de decorar, junto a Manuel Toledano, el altar y la alfombra de la Ermita de la Virgen de la Luz.
Sin embargo, la imagen actual del pueblo completamente cubierto por alfombras tiene un origen más reciente y puede fecharse con bastante precisión gracias a las anotaciones manuscritas del cronista local Román López, padre de Eusebio.
En una entrada fechada el 25 de mayo de 1978, López dejó constancia de que aquel fue el primer año en que una alfombra cubría de forma continua todo el recorrido de la procesión. Hasta entonces, las decoraciones se concentraban principalmente alrededor de los altares.
Aquella transformación estuvo vinculada a la influencia de Engracia Palmero, natural de La Gomera y esposa de quien fuera médico y posteriormente alcalde de Almonacid, José María Madrigal. La tradición canaria de las alfombras florales terminó fusionándose con una celebración que ya existía en la localidad, dando lugar a una de las expresiones culturales más características de la villa.
Casi medio siglo después, aquella iniciativa sigue creciendo. Los materiales han evolucionado, los diseños se han perfeccionado y las técnicas se han refinado. Pero permanece intacta la razón que impulsa a cientos de personas a madrugar cada año para participar.
Porque el Corpus de Almonacid no se entiende únicamente por la belleza de sus alfombras. Se entiende por la gente que las crea. Por quienes vuelven cada año. Por quienes enseñan a los más jóvenes. Por quienes recuerdan a quienes ya no están. Y por quienes siguen demostrando que una tradición sólo permanece viva cuando una comunidad entera decide mantenerla viva.